14.4.10

EL REFLEJO DE TUS OJOS

En lo más hondo de sus ojos grises buscaba los rastros de una verdad que se hubiera quedado pegada en aquel diminuto espacio convexo suyo en el que me hundía sin posibilidad de rescate mientras intentaba deshacerme de sus palabras. Mirar es un ejercicio extraño. Vivimos la vida sin verla a los ojos, evadiendo verdades. Y ahora, en un vano intento por expulsar esta incertidumbre de existencia que dejó caer sobre mí como una sombra densa que se adhiere pegajosa a los contornos del cuerpo, finalmente los veía. Un acto primario de constatación de ser me urgía y palpaba los costados, ejercicio cenestésico, y estaba allí, en su sitio, todo, percibido como siempre. Busqué en unos cristales la confirmación del reflejo --que ahora que lo pienso no tenía sentido puesto que tantas veces he visto esa misma imagen devuelta en los espejos-- y pude verme con el mismo traje claro de la mañana. Alargué la mano hasta el borde metálico de una silla, la frialdad y la rigidez intactas y yo en capacidad de percibirlas. Giré sobre mis pasos, aliviada, más tranquila, y me irritó no haber encontrado, en el primer momento, esta misma energía para refutarlo. Cuando estuve de nuevo frente a esos dos pozos oscuros, serenos, que seguían cada uno de mis movimientos, me dispuse a responderle. Pero antes que pudiera hablar, él había alzado la mano hasta mi boca en un gesto silenciador. “No importa que te veas en ese cristal. Te ves porque yo lo quiero, porque quiero que creas que estás aquí. No te dejes engañar, porque el acto de comprobación de una falsedad es igualmente falso, sólo prueba que las verdades son aquello que crees como cierto; manifestaciones objetivas de tus propias premisas, suma de pruebas de unos supuestos errados y no la verdad misma. No existes Isabel. O más bien sí, en mi imaginación. Soy yo quien te ha creado, quien te ha dado esa forma que reconoces en la ventana, quien compuso la figura que crees palpar, quien te ha dado la idea de la frialdad y la dureza de la silla. No la percibes tú sino a través mío que la construí en ti para cada sensación. La sientes, o la siento yo, no la sabes. Porque no están en ti, porque no estás aquí, porque no eres. Estás en las fabricaciones ilusorias de quien, como yo, es capaz de imaginarte hasta el punto de creerlo tú misma. Imaginarte con la potencia de hacerte concreta, de elaborarte recuerdos, de crear registros palpables de vida que no son más que lo que yo he creído que es tu vida, concebida de mí y para mí”.

Y de nuevo este terror pegado a las entrañas y unos hilos delgados de aire, insuficientes, moviéndose apresurados dentro del pecho. Salí despacio, sin decir nada, bajé a la calle, desconcertada, tratando de entender lo que había pasado dentro de aquella habitación, descubrir el motivo de sus frases: desenfreno de un alma aferrada al aislamiento o una voluntad perversa incapaz de asirse al afecto o simplemente temor, pero a qué.
Avancé largo rato hacia la zona norte, donde crecí. Me movía sin rumbo, llevada por la vereda indiferente que se prolongaba infinita bajo mis pies, sin prisa, yendo por calles que iban quedando abandonadas hasta que un grito escurrido entre las rendijas de una ventana resquebrajada rompió el silencio que descendía sobre esta parte de la ciudad. No llegaban aquí el aliento áspero ni el talle pulcro de las calles del centro. Sólo unas cuantas paredes heridas cubiertas por los retratos sepia de fantasmas que vagan perdidos en las memorias como murmullos de otra era y una ligera tristeza de mesas vacías. Me detuve a ratos en detalles que me traían recuerdos y, poco a poco, me ayudaban a recuperar la calma. Paré ante un portón grueso de madera rústica, agrietada por los años y grisácea por tanto polvo acumulado. Era un sitio familiar que no reconocí.
Un-vaso-de-vodka-doble-solo-por-favor. Gracias. Y estoy ahora aquí sentada sin creer en lo escuchado, con esta otra angustia impertinente dentro de mi cabeza queriendo creerlo. Tratando de alcanzar los encajes del sosiego, pero me vuelve el recurrente martilleo de esa voz pausada, su sentencia perturbadora, el golpeteo como lluvia tropical de sus palabras. Otro sorbo largo abrasando la garganta sin aliviar la pesadilla, un siguiente develando un entendimiento siniestro que se desplaza en el aire de este bar mugriento sin dejarme pensar. Necesidad de calma en el asalto de una noche que esfuma lo cierto para dar vida al baile en traje azul de la incertidumbre y desenfunda sus dagas en el siguiente chasquido del cristal sobre la mesa --sin bucear el vaso para sacar caballos de mar del fondo-fondo-- porque pesan más las palabras que el humo del cigarrillo llenándolo todo hasta el siguiente vaso y el siguiente, y no sé cuántas horas llevo aquí con esta sensación de ser inoculado. Odiándome por dudar. Tocándolo todo para no dejarme atrapar. Es acaso tan frágil la capacidad de constatar tu propia existencia… cómo se puede ser en la mente de otro y tener lo creado conciencia de sí mismo.

Desde el fondo de la barra apareció con su figura y avanzó hasta la mesa, apenas visible: tampoco existo, el poder de crearte me lo diste tú misma, saliste sin dejarme terminar, sin recordarte que existo porque necesitas que alguien te desee con fuerza tal que sea capaz de inventarte que te necesite como los hombres a Dios y como la mujer a sus hijos de la misma manera y por la misma necesidad por la que yo te invento, razón o sinrazón compartida. Mira y míranos bien, pero deja de ver tu figura a través de mis ojos que no reflejan aquello que las pupilas no son capaces de ver. Somos productos ajenos en este espacio vacío.